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05 July, 2009

Por ver a la madre amada...

... tengo que estar encamada. Es mi versión de la frase más oída durante la Bajada de la Vírgen de los Reyes: "Por ver a la madre amada, no siento la caminada". Yo sí la siento. Un montón. En los gemelos, y en una llaga monstruosa que tengo en el dedo chiquito.
En el enlace tienen parte de la historia mágica del voto que contrajeron los herreños con su vírgen, y que cumplen a rajatabla cada cuatro años. A mí me coincidió que tenía que trabajar cinco días en El Hierro, así que el Pulgón y yo decidimos formalizar nuestra relación de profundo amor a la isla (somos herreños de vocación ¿eso existe?) y participar en la Bajada. Mala idea. Mala, mala idea. Por una sencilla razón: yo no soy pastor. Punto. Soy de carne, hueso, y no estoy en forma. Y no soporto el sol.
Los herreños estaban felices porque la Bajada, a pesar de celebrarse en verano, suele acompañarse de tiempo brumoso, menos este año. Este año el sol cascaba (me niego a decir "lucía") con toda la fuerza de su mal carácter y peor educación. Y TODO el trayecto que aguantamos el Pulgón y yo (unas cuatro horas a buen paso por caminos polvorientos y llenos de piedras) era a pleno sol. Ni una mísera sombra.

Todo esto me ha servido, además de para cerciorarme de que "Coronel Tapiocca" no va a elegirme Ejemplo del Mes, para llenarme de admiracion por el fervor (el Pulgón lo llama de otra manera, el plural de lo que ponen las gallinas) de los herreños. Lo que yo no pude completar, ellos lo hacen ¡¡¡¡bailando!!!! Da igual que sea subida, bajada, jable, tierra, polvo o piedras. Portando una imagen pequeña y delicada, dentro de una urna de madera y cristal sencilla, como corresponde a una Vírgen de pastores, el ruido de los tambores y los pitos y los brincos y vueltas de los bailarines son constantes a lo largo de todo el camino. Se turnan los distintos pueblos, sí. Pero estoy convencida de que, si la Bajada hubiera que hacerla en Tenerife, se perdería la tradición, no en cuatro años, no, en cinco minutos.
La música es primitiva, una melodía muy simple que se repite una y otra vez y que, mezclado con el cansancio y la deshidratación, termina hipnotizando. Pones un pie delante de otro, aunque el voto no vaya contigo, porque la determinación de los miles de herreños que tienes al lado te empuja. Y lloras como si la Vírgen de los Reyes fuera tu verdadera y única madre, porque la emoción que se vive es contagiosa y no te queda otro remedio que seguir caminando y llorar.

Aunque he de reconocer, ahora que estoy en mi isla y nadie me oye, que también lloraba por mis pobrecitos pies y por el miedo de que se me acabara el protector solar. Soy una mimosa.

18 July, 2008

"Cái"

Sé que el título de esta entrada es muy, muy tópico, pero es lo que me sale. Lo siento.

Vengo de una reunión de colegas de profesión en Cádiz, y tengo muchas ganas de hablar de la ciudad.
Me encontré con el descubrimiento (ya tenía la sospecha) de que en mi área de trabajo hay mucha (pero mucha ¿eh) gente rara, acomplejada, endiosada... Sí, sí, lo sé, yo también puedo ser todas esas cosas y no darme cuenta. Quizá se estudia en el último año de carrera, y aprobamos la asignatura, y nos inyectan un líquido de color rosado que nos produce amnesia parcial. Alguien debería investigarlo. De aquí sale una tesis, fijo. Y un capítulo de CSI.
Esta muralla infranqueable de malas caras y peores contestaciones hizo que mi compañera de trabajo (y viaje) y yo tomáramos como lema esos días el siguiente pensamiento, profundamente oriental: "Hay que ver, con lo simpáticas que somos, lo mal que caemos".

Vale. No caímos bien a "los del ramo", pero a los gaditanos... Cádiz fue una fiesta. Llovía, pero yo veía luz por todas partes. Y mar. Y oía música. ¡Y piropos! ¡Cuánto echaba de menos los piropos con gracia! ¡Obrero canario, cómo has cambiado!



No hice otra cosa que toparme, cuando más hambre tenía, con frutos del mar; deliciosos bocados para casi todos, pero que a mí no me gustan nada. (Un poco de compasión, a lo mejor es una mutación genética que sufro en silencio mientras ustedes se mofan y me abuchean. Un respeto). Pero cuando el hambre aprieta, Cádiz ofrece aceitunas deliciosas, un jamón serrano del que no me despedí como se merece, y una comilona en la Venta del Chato. Inolvidable.



El dia de la Cena de Clausura, nos pusimos guapísimas de la muerte, y nos fuimos en alegre rebaño, a un espectáculo ecuestre en la Real Escuela que, aunque quizá suene arrogante, me decepcionó. Monturas sucias y gastadas, caballos protestones... Tengo la impresión de que, como el espectáculo era sólo para nuestro grupo (con mayúsculas, ciento y la madre), nos dieron una exhibición "para guiris". Con la ilusión que me hacía verlo. Bueno, ya volveré.

El ganado elegante se subió de nuevo a la guagua, y nos dirigimos a una bodega de Puerto de Santa María (qué horror, no recuerdo el nombre, y juro que no había bebido aún.). Las cinco guaguas cargadas de gente extraña llena de joyas, pararon donde pudieron en las estrechas calles abarrotadas de coches en doble fila. La nuestra (gracias, Dios mio, por los favores recibidos) se detuvo en la misma puerta del Bar La Gaviota (de este nombre sí me acuerdo). Los parroquianos, copa en mano, camisa abierta y pecho colorado del sol, empezaron a asomarse a la puerta del establecimiento, a presenciar el espectáculo. Cada vez que bajaba una señora (mi compañera y yo incluídas, aunque no somos señoras, somos personas jovencísimasenlaflordelavida), la clientela del Gaviota jaleaba: "¡OLE! ¡MIRA! ¡Y OLE!"Ante semejante entusiasmo, no quedaba otro remedio que sonreir, sonrojarse tímidamente y tratar de mantener a raya el ego, que quería flotar hinchado como un globo.

De Cádiz me llevo mar. Y de Puerto de Santa María... el Bar Gaviota.










15 December, 2007

Granada

El Darro. Frío. Sonidos de agua y de neumáticos sobre adoquines. Búsqueda del rayito de sol. Lo encontramos (cómo no), justo encima de una mesa libre de una terraza. Cerveza Alhambra . Miramos hacia arriba y nos quedamos sin respiración. Allí estaba la historia, la leyenda, la magia. Entre el verde de los árboles, el palacio rojo, mostrándonos su dimensión de ciudad dentro de la ciudad. Seguimos mirando, bebiendo, en silencio. Ni siquiera se nos ocurrió sacar la cámara de fotos de su estuche, la tecnología no tenía nada que hacer en aquel momento mágico. Miré al Pulgón y descubrí que tiene un perfil totalmente nazarí. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?









Al día siguiente, nos acercamos, tímidos, al pie del palacio. A pesar de la cantidad de turistas, de las miles de veces que tienes que enseñar tu entrada, y de la voz nasal y entusiasta de la guía, conseguimos crear para los dos nuestro universo paralelo e imaginar la vida cotidiana, los colores, hoy desvaídos, el ruido y el olor de hace ocho siglos. Debo revisar mi identidad, porque no me imaginé en ningún momento con velos y paso delicado, sino con turbante, montando un caballo tordo de mirada salvaje. Y con cimitarra al cinto, por supuesto.


Aparte de la Alhambra (¿aparte? No, nunca. Junto con), Granada es una ciudad con muchos atractivos. No puede decirse que acertásemos con nuestras elecciones de restaurantes. Mi radar gastronómico se desajusta gravemente cuando traspaso el umbral isleño. Tengo que reconocerlo con tristeza. En ningún local conseguimos combinar satisfactoriamente los dos pilares de una buena comida: calidad y precio. O se nos quedaba cojo de un lado, o de otro. Invariablemente.


Pero no sólo de pan vive el hombre. Y de todo lo demás tuvimos en abundancia. Calles por las que caminar, alturas arquitectónicas ante las que empequeñecer, barroco para emborrachar... Y la constante sensación de ir y venir en el tiempo, quizá un poco mareante. Como si se tratase de un juego del tejo de los siglos.







Uno de los días de nuestro viaje cogimos una guagua hasta Málaga, para ver a Biznaga. Sí, otra de esas amistades de hormigón armado que se forjan en internet. Nos fueron a buscar a la estación ella y su hermana Pili. Y el primer lugar que yo quería visitar seguramente hará rechinar los dientes de horror a los viajeros entusiastas: quería ir a un Lidl. Ay, ya lo sé, es un supermercado de lo más cutre. Pero en las islas no hay (gracias a Dios, ya tenemos una cadena por habitante, o casi), y oir hablar de las ofertas del Lidl en el Cafetito día sí, día también, te crea como una perentoria necesidad. Fuí con la sana intención de mirar esto y aquello pero, como no podía ser de otra manera, saqué la cartera y, lo juro, no recuerdo nada más. Cuando volví en mí estaba bajo el pensador de Rodin con Biznaga y Pili, y una extraña bolsa de supermercado en las manos.



Para recuperarnos, nos fuimos a almorzar a la orilla del mar. El Pulgón ya tenía "mono" de salitre, y yo unas ganas inmensas de COMER BIEN. Restaurante "Entremares" . Sólo diré cuatro palabras: Málaga, mar, arroz, berenjenasfritasconmieldecaña. Después de este almuerzo había que hacer algo de ejercicio, no somos alimañas, por Dios. Así que nos fuimos caminando hasta un modernísimo local a tomar un café... y alguito para que no cayera mal el café. He aquí una muestra.


Paseo por la ciudad hermosa, besos en la estación de guaguas y vuelta a Granada, mirando las luces de los coches que corrían a nuestro lado, mientras yo jugaba con los minutos y los recuerdos.























01 December, 2007

La familia y uno más


Nuestro viaje a Madrid no incluía sólo visitas a lugares de interés o interminables caminatas por calles con encanto. Había otros platos fuertes. En primer lugar, íbamos a ser huéspedes de mi hemana. Por fin iba a conocer su casa en el continente. Su envidiadísima casa en el mismo centro de Madrid, y por la que paga un alquiler ridículo. A lo mejor al público en general esto le parece un milagro o que esconde detrás algo turbio. No, no, es mi hermana. Ella es así y le pasan esas cosas. Me gustó verla tan dueña de su madriguera, tan integrada en el barrio (no para de dar besos desde que sale del portal). Me presentó a tantos amigos que al final, dos hombres con barba para mí eran la misma persona, y llegué a decir cuando me dijo "Mira, éste es ..." "no, si ya lo conocí ayer". Todo el mundo puso cara de desconcierto, pero reaccioné haciéndole fiestas al Yorkshire del señor de barba. Espero que mi hermana le explique que es que yo soy así, limitadita. Para CSI no valdría ni una peseta.

También nos llevó al Paraíso a desayunar. No se llama así, pero ha quedado grabado en mi memoria con ese nombre. Una panadería con mesas y cafetera. Combinación genial. El olor a pan recién hecho abre el apetito que es una barbaridad. Esos panes con semillas abiertos en canal, con su chorrito de aceite de oliva y su tomatito... O esos croissant esponjosos con mermelada. Y jugos naturales de distintas frutas, hechos al momento en la licuadora. Por supuesto, el personal de la cafetería saluda a mi hermana de beso, y algunos clientes, también. Tardamos sólo dos horas (enteras, con todos sus minutos) en desayunar, pero pasarán años antes de que la añoranza de ese bendito lugar deje de atormentarme.


Otra de las razones de peso para ir a Madrid era conocer mediante el sentido del tacto a la familia S-J, recién llegados de China con su hija (nuestra sobrina internética; se dice así) Blanca NianCui. Se trata de una de esas historias de internet, la red en la que las vidas de personas antes desconocidas, se cruzan de una manera total y definitiva y se forjan amistades con un peso específico asombroso.
Nos perdimos sólo dos veces; un callejero 2007 no sirve de nada si no ves el mar para orientarte. Llegamos a la hora de la merienda, con un brazo de gitano de manzana y un retal y un deseo para la Colcha de los 100 deseos de Blanca. Nos recibió una casa llena de vida, de dientes de leche, de sonrisas, de literas. Intercambiamos regalos (ellos nos dieron un cuento para nuestro futuro hijo), el Pulgón se sentó con una niña en cada pierna y empezamos a diseccionar El Viaje, que nosotros pretendemos emprender algún día, antes de que nos manden los sobrinos al Centro de Mayores (aquí habla nuestra Paciencia, que es de santo, pero a veces le sale el ramalazo rebelde y protesta por esta espera eterna). Nos contaron lo cotidiano y lo extraordinario; consiguieron que nos sintiéramos como si los estuviésemos ayudando a deshacer las maletas. Vimos toda la casa, prestando especial atención a las habitaciones de los niños, para tomar nota mental de un montón de ideas geniales (recuerden: literas plegables. No digo más). Y a todas estas, cinco niños y cuatro adultos moviéndonos en una casa que también es madre, porque acoge a siete, a nueve y a mil; siempre cálida, siempre armoniosa. ¿Será así todos los días? ¿O todo estaba ensayado y vuelto a ensayar? No, imposible. Mirando a cada uno de los miembros de la familia S-J te das cuenta de que nace de ellos, son el generador. Y de que todos encajan a la perfección, como si se tratara de un puzzle que habla, se mueve y opina.

Después de merendar fuimos a dar un paseo guiado por Madrid (las dos más chicas en sus cochitos, pero la rubia divina exigía tenernos al Pulgón y a mí a los lados, cada uno cogiéndole una mano). Entramos a una heladería italiana y la llenamos en un segundo. Perdonen la foto tan oscura, pero no tengo otra. Chicos, si de las que ustedes sacaron hay alguna mejor, me la prestan. De todas formas, no me hace falta foto para recordar. En mi retina están las imágenes mucho mejor iluminadas, dónde va a parar.
Nos despedimos como si nos fuésemos a ver el fin de semana siguiente. No fue ese, ni el siguiente a ese, pero será pronto. Aquí o allí, pero pronto.



24 November, 2007

Matrimonio de provincias





Tras un vuelo incómodo, como sardinas en lata, una lata ruidosa y, según esta sardina, poco estable, llegamos a Barajas. Terminal 4. En lugar de la típica guagua "rara" que parece que no tiene principio ni fin, (un gusano sin cabeza), te lleva al edificio terminal un tren. Desde ese momento quedó claro quién volvía a casa y quién, como nosotros, aterrizaba en una capital: caras de lechuga mustia e inexpresiva unos, risitas nerviosas y excitadas otros. Ya fuera del tren, seguimos la señalización pero, sobre todo, seguimos a las lechugas más inexpresivas que parecían saber lo que hacían.


Cuarenta y siete minutos esperando por nuestras maletas, seguramente gracias al modernísimo sistema de distribución de equipajes con que se dotó a la nueva Terminal.


Parada de taxis algo caótica, con pasajeros que, constantemente, contradecían la lógica de los taxistas acerca de qué vehículo estaba el primero en la fila (unos u otros no vieron algún capítulo importante de Barrio Sésamo). Pulgón y yo nos subimos en el del primer taxista que nos miró a los ojos (quinto coche, segunda fila). Como nadie pareció protestar, emprendimos viaje, mientras el conductor nos contaba detalles acerca de la sordidez y peligrosidad "harlemiana" de la dirección a la que nos dirigíamos. Nos dejó en nuestro destino, con nuestras maletitas a los pies, y cara de Pardillos S.A.

A estas alturas de la noche, la una hora peninsular, el hambre puede más que el miedo, así que nos metimos un par de billetes en distintos bolsillos, el carnet de identidad entre los dientes, nos pusimos la cara de "cuidado conmigo, chaval" y nos fuimos a buscar sustento. Dos esquinas más allá estaba la Gran Vía, y ahí nos confundimos entre la multitud y volvimos a disfrazarnos de Paco Martínez Soria (con boina, con boina). ¡Qué animación! ¡Qué ambientazo!

Entramos a un café de aire cosmopolita y trasnochador. Dos hamburguesas, Coca-Cola y cerveza, y comimos felices. Nos volvmos a calar la boina hasta las cejas cuando nos trajeron la cuenta. 25 € (cuatromil pehetah). Claro, no es lo mismo comerte un bocadillo en una gran capital que en una islita de la costa africana. Dónde va a parar.

Hay qué ver cómo cansa vivir en la gran ciudad. Casi ni nos dimos las buenas noches, perdimos el conocimiento antes de apoyar la cabeza en la almohada. Eso sí, en la intimidad, nos quitamos la boina.

12 May, 2007

¡Athleeeeeetic!

El Gran Día.
Por la mañana desayunamos en "La Catedral", una cafetería muy cerca del estadio, con una bollería espectacular (Lego se emociona) y servilletas con el escudo del Club (a Pulgón se le llenan los ojos de lágrimas cada vez que se limpia la boca).
Después de desayunar como reyes (o como animalitos hambrientos), damos un paseo hasta el Hospital Civil de Basurto, una visita que debería estar en todas la guías turísticas de Bilbao. Entras en los jardines y nada indica que se trate de un hospital, salvo que algunas de las personas que se sientan en los bancos van en bata y zapatillas. Creo que es de un poder terapéutico enorme el salir del ambiente hospitalario (a los que su enfermedad lo permita, claro) y reunirse con la familia, niños incluídos, al aire libre. La arquitectura que te rodea es de un claro sabor inglés y de otra época. Cuesta creer que alberga en su interior unas instalaciones modernas. Creímos entrever, por los paseos, a unos señores de barba blanca y bata almidonada que llevan ya casi cien años recorriendo el lugar con las manos a la espalda, hablando de si el descubrimiento del Dr. Fleming tendrá realmente aplicación práctica en el futuro o no.

Decidimos acercarnos al Parque de Doña Casilda, es Domingo y queremos tomarnos el día con calma. Es un parque precioso, también muy inglés (algo les pasa a los bilbaínos con lo británico, está clarísimo), con fuentes, muros de los que cuelga la wisteria, y sonidos de agua y pájaros. Como me temía, el Pulgón se transfromó en la Máquina de Fotografiar Plantas así que, previendo aburrimiento y mucho caminar, saqué del bolso mi libro, busqué un Árbol Amigo y me independicé. Al cabo de un buen par de capítulos, Pulgón volvió radiante, con la cámara llena de variedades vegetales que por las islas no se ven mucho.
Paseo por la Gran Vía en busca de un sitio donde almorzar. Me llama la atención un señor mayor, con su txapela, gabardina y paraguas, que camina sin prisas; la brisa entreabre el gabán y asoma una bufanda del Athletic. Calentando motores. Nos empezamos a poner nerviosos.

La tarde pasa en un suspiro, empapándonos de arquitectura y lluvia. Se acerca la hora. Volvemos al hotel para coger la bandera que trajimos de Canarias (metro y medio, siete estrellas verdes, como marca la Ley, quién me lo iba a decir a mí...), nuestras bufandas (quién me lo iba a decir a mí), el "Hola" (por si acaso, que los partidos son muy largos y no me gusta el fútbol) y pasar por una cafetería a comprar bocadillos. Las cosas, o se hacen bien, o no se hacen.

Llegamos al estadio con dos horas de antelación. Operación Bandera, con la ayuda de una cinta de embalar que nos prestaron en el Hotel (personal lleno de recursos). Nos sentamos, y me entretengo en analizar exhaustivamente la casa de Valentino en Gstaad mientras el estadio se llena. Y, de pronto, haciéndome dar un bote en el asiento, empiezan todos a corear un grito que inicia el señor de megafonía, y que pone la piel de gallina hasta a un témpano de hielo (futbolísticamente hablando) como yo. El famoso Sonido de La Catedral. Ahí lo tienes.


El "Hola" queda olvidado en el respaldo del asiento, y me descubro sintiendo una profunda (y, al paracer, ancestral) antipatía por el árbitro y por un chico maligno dotado de, al menos, ocho codos demoledores, llamado Sergio Ramos. Mientras el Monstruo de los Codos comete mil y un atropellos, los Muchachos (a estas alturas soy ya fan incondicional) consiguen meter un heroico gol. El que Los Otros marcaran cuatro no tiene mérito alguno. Primero, porque casi ninguno es de Madrid. Segundo, porque están llenos de codos, y eso no vale. Y tercero, porque Beckham esta feísimo teñido de amarillo pollo, color que le queda indiscutiblemente bien a Maui, pero que a él le sienta mal, mal de verdad. Pena de chico.

Los partidos, que en casa duran, al menos, tres horas y media, en el estadio pasan en un suspiro. Cuando le decía al Pulgón "No te preocupes, ahora remontan", suena el silbato del final. ¿Cómo? ¿Ya?

Mi querido esposo se despidió del amigo del alma (después de tantas emociones, casi hermanos) cuyo nombre nunca supimos y que se sentaba a su lado; él nos deseó buen viaje de vuelta, y regresamos al Hotel. Esto del fútbol "emocional" es agotador, no lo recomiendo. Pero a mí me gustó ir, ahora entiendo mejor por qué y con quién tengo que compartir el amor del Pulgón. Y mejor no hagamos al respecto una encuesta del CIS. Por si acaso.

01 May, 2007

Bilbao. 28 Abril. De noche

El Pulgón es un apasionado seguidor del Athletic Club de Bilbao. ¿Por qué? No pregunten, no hay respuesta clara. Tampoco hay sangre vasca por ninguna parte en su árbol genealógico, ni podemos decir que el Athletic es el crac del momento. Sí hay recuerdos de infancia, puesto que ya desde chico le regalaron "El Equipaje" rojo y blanco, calzón negro, de los leones. Su padre, sus tíos, algunos primos, comparten desgarrada e incondicional afición.
El pobre Pulgón lleva dos temporadas sufriendo lo indecible, el objeto de sus amores no hace más que darle disgustos, que él justifica de mil maneras: tienen muchos lesionados, los árbitros son secuaces de Voldemort... Hace un par de domingos me asomé a la sala, donde estaba viendo un partido que retransmitían en directo, no recuerdo cuál, sólo recuerdo con claridad que perdieron. La cara de desconsuelo, el estado de ánimo abatido que se le quedó después, me hicieron caer en la cuenta de hasta qué punto era el Club importante para él. Así que decidí pasar a la acción.
Utilicé mis contactos en Bilbao (Maui, del cafetito) y, a pesar de no saber si se conseguirían las entradas para un partido o no, reservé vuelos y hotel.
Quería regalarle un viaje a Graceland a ver a Elvis, pero en rojo y blanco.

Las gestiones fueron dando su fruto hasta el colofón final: el Okupa de Maui me consiguió entradas para el Athletic-Real Madrid. Cuando le conté todo al Pulgón por teléfono, desde mi trabajo, entró en estado de shock; lo llamé de nuevo dos horas más tarde y me dijo que llevaba todo ese tiempo con el teléfono apretado en la mano, mirando el cuadro de encima de la estufa, sin poder pensar. Tuve que prepararle yo misma la maleta y subirlo a empujones por la escalerilla del avión como si fuera equipaje de mano.
Llegamos al Aeropuerto de Bilbao el viernes por la noche. En la Recogida de Equipajes, le mandé un SMS a Maui: "Ya estamos en tu tierra. Mañana te llamo". Suena el móvil. "¿Cómo que mañana me llamas? Estoy fuera, con un cartel que pone LEGO. Llevo el pelo corto, color pollito""Pues yo llevo una maleta roja y un señor en estado catatónico del brazo". ¿Se puede ser más hospitalario? ¿Internet no es una maravilla, que consigue hacer esta clase de amigos?
Nos dejaron en el hotel (que está a diez metros escasos de San Mamés) y el Pulgón se bajó como una exhalación a tocar la pared del estadio. No se rían, es algo muy serio esto de los enamoramientos. ¿Ustedes no hicieron nunca nada parecido?
Esa noche nos dormimos eufóricos; él, por estar "ALLÍ" (es decir, "AQUÍ"), y yo porque la habitación nos recibió con una cama de dos por dos (literal) y dos bombones. Cada uno con sus quereres.
Al dia siguiente, visita guiada a la sala de trofeos y al campo. Ignorante de mí, pensé que seríamos los únicos asistentes de fuera de Bilbao, pero qué va; había una peña de La Palma, un matrimonio de Menorca y una familia ¡¡¡de Argentina!!! (no creo que hayan venido a España expresamente, pero quién sabe). Todos habíamos cruzado un charco, de mayor o menor tamaño, para estar allí. Fotos en lugares emblemáticos (abrazado a Pichichi, y delante de un león disecado). Nunca pensé que vería a mi esposo extasiado en un vestuario masculino. Resignación.

Gasto de dolorosas cantidades de dinero en la Tienda Oficial (¿¿¿cómo aceptar imitaciones???) en camisetas, calzoncillos, bufandas, llaveros... Yo disfrutaba como una tonta oyéndolo decir: "Es que estoy AQUÍ, ¡¡¡ESTOY AQUÍ!!!".

Como el partido era al dia siguiente, teníamos tiempo de sobra para pasear por Bilbao. Ojo con los vascos cuando preguntas una dirección: todo está a "diez minutos andando", aunque tardes hora y media a buen paso. "¡Pero si Bilbao es un pañuelito!". No sé por qué no siguen el sistema internacional de medidas. Maldita sea. Para llegar al Guggenheim tuvimos que ir a una tienda y comprar unos Crocs feísimos y calcetines de algodón. ¿No somos turistas? Pues eso.
El Guggenheim.
Merecería entradas de blog para él solo. Aunque no tuviera nada dentro, el edificio en sí mismo es una obra de arte. Sé que esta frase se ha repetido cientos de miles de veces, hasta convertirse en palabras vacías. Pues llénenlas de asombro, de emoción por la belleza que se contempla, de piel de gallina. De ganas de sentarse sobre una manta y estar horas, días, meses, viendo cómo el edificio cambia y se mueve al ritmo de la Tierra, y al ritmo de Lego que lo mira desde abajo, desde dentro, desde arriba.

No soy experta en arte, sólo digo que me gusta una obra cuando produce en mí alguna reacción, sea ésta cual sea. Incomodidad, admiración, placer, miedo, alegría... Y hay de todo eso en el Museo. En esos días coincidimos con una exposición de Anselm Kiefer (reconozco mi ignorancia, era la primera vez que veía su nombre), que me dió un puñetazo en medio del estómago. Cuadros y esculturas te sacudían y empequeñecían. Cuadros y esculturas no en cualquier lugar, sino en las salas del Guggenheim, que es parte del espectáculo.
Otro dolorosísimo desembolso económico en la tienda del museo (mi sangre escocesa, a estas alturas, GRITABA).

Ducha-express en el hotel y paseo al atardecer con Maui y Costillo.
Flotamos sobre las aguas del Nervión(no dejen de ver el vídeo). No podía boquear de asombro, y al mismo tiempo, sacar fotos. Soy así de limitadita.
Visita a Santurce y cena espectacular en una sidrería.
Mi último pensamiento antes de dormirme fue "¿Por qué no habíamos venido antes?"

09 December, 2006

"Cerrado por Razones de Interés General"



"Interés General" no es sinónimo, ni muchísimo menos, de "interés de Lego", no señor.
Me voy cinco días a trabajar a mi isla favorita, la más occidental, por donde pasaba el meridiano hasta que los ingleses nos lo robaron (yes, you did).
No tengo ningunas ganas, se me ocurren un millón de cosas intersantísimas y utilísimas para la Humanidad que podría hacer desde el calorcito de mi casa, pero alguien que cree que soy la reencarnación de Kunta Kinte se empeña en obligarme a hacer la maleta. ¡Hasta la vuelta!
(Foto de Any Manetta )