08 January, 2008

Noche de Reyes

Foto imagonovus
Quizá es poco original una entrada sobre la noche más emocionante del año. Pero es que estoy llena de Reyes, reboso, me sale por la piel, se derrama cuando camino...
En casa no ponemos ningún adorno de Navidad, ni siquiera Nacimiento. Tal vez cuando seamos padres sea distinto; por el momento, las fiestas pasan desapercibidas dentro de El Sitio. Nos reunimos con la familia, comemos hasta hartarnos, nos atragantamos con las uvas... lo que manda la Ley. Pero como si se tratase de fiestas administrativas, sin mucha emoción (salvo la lagrimilla viendo "Qué Bello es Vivir").

Pero al llegar el cinco de Enero se nos acelera el corazón, nos entra la risa floja por cualquier cosa, nos damos codazos y nos decimos a todas horas (llega a ser irritante para los dos, pero parece que no se puede evitar): "¡¡¡Qué le traerán los Reyes a Lego!!!" "¡¡¡Qué le traerán los Reyes a Pulgón!!!" ¿No es increíble que las dos personas más tontas e infantiles del planeta Tierra se hayan encontrado? ¿Qué será de esta casa cuando haya niños? (singular o plural, qué sé yo).

Baba me contaba que, cuando era chica, en una época en la que no había Cabalgata ni cosa parecida, LOS VIÓ, en caravana, con sus camellos, los pajes delante, iluminando el camino con antorchas, bajando el monte de San Diego, en La Laguna. Yo nunca los he llegado a ver, pero juro que oí una vez a los camellos en el patio de casa de mis padres, haciendo un estropicio con la palangana de agua que habíamos dejado.
¿Falta mucho para que vengan los Reyes otra vez?

25 December, 2007

Mi lugar


(Foto janusbc)
No sé dar la dirección exacta. En algún sitio dentro de mí. No figura en Google Maps, pero sé llegar sin perderme. Tiene un techo de cristal, por el que algunas personas se han asomado alguna vez, pero sólo yo puedo entrar. El interior es muy espacioso, y está fresco en verano y calentito en invierno. El suelo es de hierba, y hay troncos de árboles cuyas copas se pierden en las alturas, y que filtran la luz del sol o de la luna, según mi necesidad del momento. Se oye agua y hojas movidas por la brisa. A veces también oigo mi propia respiración. Nada más. Salvo que necesite poner en marcha el impresionante equipo multimedia con que cuenta Mi Lugar. Alta Fidelidad, DVD, video (beta y VHS), super8, televisión digital, todo tipo de instrumentos musicales, y una pantalla de cine con su proyector que dejaría sin aliento a cualquier superproductor de Hollywood con mansión en Beverly Hills.

No necesito lámpara para leer, pero, si la ocasión lo requiere, aparece un sofá de orejas con tapizado inglés, una lámpara de pie, la alfombra del comedor de casa de Baba (con los colores como si fueran nuevos) y una chimenea. La biblioteca es móvil: el libro que quiero recordar siempre está al alcance de la mano, sin necesidad de subirme a ninguna escalera, a pesar de que los últimos estantes están tan lejos hacia el cielo como las copas de los árboles.

Otras veces lo que me hace falta es una película, ya sea comercial o personal. Los colores y el sonido siempre son perfectos, y siempre nuevos e iguales al mismo tiempo. Si lo que busco es un recuerdo, ahí está, fresco y mío.

El mayor problema de Mi Lugar es que no puedo sacar nada de lo que hay allí. En el momento en que saco una foto, un olor, un minuto de infancia para compartirlo, se desdibuja y desaparece. El cerebro y la boca, fuera de Mi Lugar, no son capaces de describir los sueños, se convierten en torpes, simplificadores y decepcionantes instrumentos que no consiguen comunicar nada como es en realidad. Hace años esto me sacaba de quicio. Incluso en ocasiones, cuando visitaba Mi Lugar, me sentía encerrada, presa en él. A veces dejaba de ser refugio para convertirse en una pecera que me aislaba del mundo, cuando yo quería desesperadamente lo contrario. Pero ahora me he resignado a que hay un universo entero ahí dentro, y es como mis tripas. Y las tripas no se enseñan ni se prestan ¿a que no?
Pero esos órganos, esos microchips ocultos, son los que me hacen exactamente como soy. Eso sí lo comparto.

Visito Mi Lugar prácticamente a diario. A veces es una rutina, a veces entro como una exhalación, desesperada. En cualquier caso, siempre dejo algo en algún estante y siempre, siempre, me voy acompañada.


15 December, 2007

Granada

El Darro. Frío. Sonidos de agua y de neumáticos sobre adoquines. Búsqueda del rayito de sol. Lo encontramos (cómo no), justo encima de una mesa libre de una terraza. Cerveza Alhambra . Miramos hacia arriba y nos quedamos sin respiración. Allí estaba la historia, la leyenda, la magia. Entre el verde de los árboles, el palacio rojo, mostrándonos su dimensión de ciudad dentro de la ciudad. Seguimos mirando, bebiendo, en silencio. Ni siquiera se nos ocurrió sacar la cámara de fotos de su estuche, la tecnología no tenía nada que hacer en aquel momento mágico. Miré al Pulgón y descubrí que tiene un perfil totalmente nazarí. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?









Al día siguiente, nos acercamos, tímidos, al pie del palacio. A pesar de la cantidad de turistas, de las miles de veces que tienes que enseñar tu entrada, y de la voz nasal y entusiasta de la guía, conseguimos crear para los dos nuestro universo paralelo e imaginar la vida cotidiana, los colores, hoy desvaídos, el ruido y el olor de hace ocho siglos. Debo revisar mi identidad, porque no me imaginé en ningún momento con velos y paso delicado, sino con turbante, montando un caballo tordo de mirada salvaje. Y con cimitarra al cinto, por supuesto.


Aparte de la Alhambra (¿aparte? No, nunca. Junto con), Granada es una ciudad con muchos atractivos. No puede decirse que acertásemos con nuestras elecciones de restaurantes. Mi radar gastronómico se desajusta gravemente cuando traspaso el umbral isleño. Tengo que reconocerlo con tristeza. En ningún local conseguimos combinar satisfactoriamente los dos pilares de una buena comida: calidad y precio. O se nos quedaba cojo de un lado, o de otro. Invariablemente.


Pero no sólo de pan vive el hombre. Y de todo lo demás tuvimos en abundancia. Calles por las que caminar, alturas arquitectónicas ante las que empequeñecer, barroco para emborrachar... Y la constante sensación de ir y venir en el tiempo, quizá un poco mareante. Como si se tratase de un juego del tejo de los siglos.







Uno de los días de nuestro viaje cogimos una guagua hasta Málaga, para ver a Biznaga. Sí, otra de esas amistades de hormigón armado que se forjan en internet. Nos fueron a buscar a la estación ella y su hermana Pili. Y el primer lugar que yo quería visitar seguramente hará rechinar los dientes de horror a los viajeros entusiastas: quería ir a un Lidl. Ay, ya lo sé, es un supermercado de lo más cutre. Pero en las islas no hay (gracias a Dios, ya tenemos una cadena por habitante, o casi), y oir hablar de las ofertas del Lidl en el Cafetito día sí, día también, te crea como una perentoria necesidad. Fuí con la sana intención de mirar esto y aquello pero, como no podía ser de otra manera, saqué la cartera y, lo juro, no recuerdo nada más. Cuando volví en mí estaba bajo el pensador de Rodin con Biznaga y Pili, y una extraña bolsa de supermercado en las manos.



Para recuperarnos, nos fuimos a almorzar a la orilla del mar. El Pulgón ya tenía "mono" de salitre, y yo unas ganas inmensas de COMER BIEN. Restaurante "Entremares" . Sólo diré cuatro palabras: Málaga, mar, arroz, berenjenasfritasconmieldecaña. Después de este almuerzo había que hacer algo de ejercicio, no somos alimañas, por Dios. Así que nos fuimos caminando hasta un modernísimo local a tomar un café... y alguito para que no cayera mal el café. He aquí una muestra.


Paseo por la ciudad hermosa, besos en la estación de guaguas y vuelta a Granada, mirando las luces de los coches que corrían a nuestro lado, mientras yo jugaba con los minutos y los recuerdos.