Los días anteriores me volví loca buscando cosas que pegaran con la pieza central del vestuario, una camisola de seda que compramos especialmente para la ocasión en la Fábrica de Seda, en Shanghai. La compramos en verano, creyendo que se iba a bautizar en plan minifalda ye-yé. Pero vino el invierno, y hubo que buscar leotardos, body de cuello vuelto, zapatos... (este apartado se le encomendó a la madrina; prueba superada con honores).
Aunque no se distinga bien, tiene dibujado un dragón en dorado; un poco masculino para el gusto chino, pero es que Bambú es así: una equilibrada mezcla de dragón, fénix y, ese día, Cereza Madura.
En la iglesia, justo a nuestra espalda, había un coro de chicos y chicas muy entusiasta. Y como nuestra niña tiene el ritmo en el cuerpo, se lanzó al pasillo central a bailar. Por si no había llamado la atención lo suficiente.
Este señor me mojó la cabeza una barbaridad
Tras la ceremonia, y los intentos desesperantes de sacar una foto de toda la familia (misión imposible), fuimos a celebrarlo a nuestro restaurante chino favorito, el lugar donde nos enseñaron a decir xiexié y