
Cuando tengo turno de tarde, me gusta levantarme temprano (puro vicio, qué penita más grande). En cuanto abro la puerta de la casa, me recibe el olor a monte húmedo y un aire frío que trae el otoño, la nueva estación recién nacida, que aún no se atreve a tomar posesión completa de los días.
Hago las faenas ganaderas con Carlos Herrera de fondo: estoy enamorada, y el Pulgón lo acepta con resignación. La radio siempre me ha producido sensación de hogar, de cotidianidad, de seguridad; siempre y cuando no se trate de la transmisión de un partido de fútbol, algo a lo que soy peligrosamente alérgica (estudiado y diagnosticado por prestigiosos doctores; me han recomendado que me aleje a más de trescientos metros de cualquier aparato de radio por el que se esté emitiendo un encuentro, y que, si a lo lejos escucho la palabra ¡GOOOOOOOOOL!, acuda de inmediato a un centro de urgencias a inyectarme Urbason a dosis altas). Don Cahloh y su tertulia me entretienen, me acompañan, me informan, y, aunque parezca un disparate (será tanto Urbason a lo largo de los años), hasta creo que me quieren.
Cuando ya he cumplido con mis obligaciones más inmediatas y todos los seres vivos a mi cargo están comidos, bebidos, limpios y aseados, empieza Mi Momento.
Vuelvo a la casa y hago café. También creo que la cafetera me quiere, igual que yo a ella. Lleno mis pulmones con el olor a café, que se hace sitio junto al olor a monte húmedo, y paseo (es un decir) por la mini-cocina que, si los suecos la vieran, sería portada del catálogo de IKEA 2008, por los milagros que he hecho en ella para que quepan las cosas. Si en ese momento suena el teléfono, no lo cojo, no quiero perderme el ruido del café que empieza a salir, en un movimiento antigravitatorio que siempre me ha parecido mágico en su rebeldía. Le doy a la cafetera todo el tiempo que necesite, y mientras, lleno mi tazón favorito, con color de sol, de leche, que caliento en el microondas. No es que quiera torturar a nadie con un recuento pormenorizado de todos y cada uno de mis movimientos mañaneros, sé que no tienen interés alguno, pero me deleito al escribirlos tanto como al hacerlos. ¿No puede haber una Ceremonia del Café Con Leche igual que hay una Ceremonia del Té?
Con mi sagrado tazón en las manos, me siento delante del ordenador, quizá con unas galletas en un plato, o tal vez no, según el ánimo del día. Ese es Mi Momento: sé que hay por delante un rato en el que no tengo obligaciones, ni preocupaciones, ni dolores, ni prisas. Tengo tiempo (limitado, pero no me lo parece) para disfrutar de los incontables y siempre diferentes placeres que me proporciona mi mañana de lunes, de martes, de miércoles... Veo un capítulo de The Gilmore Girls, o Anatomía de Grey, o Ghost Whisperer. A la mitad del capítulo, detengo la imagen y me levanto a preparar mi segundo café con leche. Más que por hambre este ya es por puro hedonismo. Vuelvo a concentrarme en las historias que me cuentan y apuro el ratito hasta el final. El resto del día es incierto, estará lleno de cosas buenas y otras que no lo serán tanto. Pero, pase después lo que pase, nadie me quita Mi Momento.