
Lo encontré en un rastrillo de mi amiga Sophie , en edición de bolsillo. Físicamente me gustó, las hojas amarillentas (no por viejo, sino más bien por mala calidad y tacañería de los editores), un precioso fotograma de la película en la portada y una oportunidad de recordar lo que sentí la primera vez que la ví en el cine, allá por 1985. Pero no fue así, qué va.
Descubrí a una señora interesantísima que en los años veinte se enamoró de una luz, de unas montañas, de un estilo de vida en el que se integró como pocos blancos de la época hicieran. Además, ya entonces, escribió un blog, pues ese es el estilo del libro. Un diario, no de acontecimientos pormenorizados, sino de experiencias y reflexiones.
Una mujer que vivió sola en África, aparentemente, sin miedo. Hizo de médico, de granjera, de cazadora, de juez, y encima era una anfitriona que se preocupaba porque sus invitados se sintieran en su casa como en la suya propia.

Le gustaba la caza, pero esas partes me las salté (es mi libro y lo leo como quiero ¿qué pasa?); y como me las salté, no existen. Ea.
Tuvo aventuras amorosas, deerhounds (mi perro favorito, pero imposible de mantener, comen como un león, o dos), café, problemas económicos, amigos kikuyu, sirvientes somalíes y asistió a bailes masai. Luego volvió a Dinamarca, y no se me ocurre contraste mayor. No sólo respecto a clima y paisaje, sino a las rutinas de cada día, al color de las caras que uno se cruza, al olor del aire. Y se sentó a escribir su blog y a añorar a su amante perdido, África. Como no había internet entonces (principio de los años treinta), puso todas las entradas juntas, y las publicó.
Yo de mayor quiero ser Karen Blixen.