
Como resulta que ahora estoy obsesionada con Meryl Streep, vi por casualidad que emitían la
película en la televisión por satélite y me dispuse alegremente a verla. Estaba sola en casa, el Pulgón tenía una cita ineludible (él dice que va a pescar, pero yo sé que es algo más, tiene un lío amoroso con la costa norte de la isla y su mar gris azulado).
La película ya la había visto y, sí, me había hartado de llorar, pero se me había borrado por completo de la memoria.
Madres (una madre). Hijas (una hija). Cáncer. Dolor. Desintegración, física y emocional, de un cuerpo, de todos los cuerpos, de una casa. No me sentí dentro de la piel de los personajes, demasiado americanos, estructura familiar totalmente distinta (¿sí?), casas perfectas de catálogo, con desorden estudiado y confortable.
Pero la sensación de cansancio, de embotamiento, de total y absoluta rendición, de lucha inútil y victorias ridículas, me dió un golpe en la cara que me dejó aturdida. Lo primero que hice fue apagar el televisor. Luego, muy despacio, como si estuviera soñando, me volví a sentar y me envolví en una manta. No quiero volver a ser esa persona. No quiero revivir esos días, aunque trozos sueltos acumulan polvo en las estanterías de Mi Lugar.
Así que me he puesto a hacer un pan con parmesano y orégano. Toda la casa huele a pizza. Y después pondré
manzanas, orejones y pasas en un caldero, a ver qué se dicen. Quiero estar viva hoy. Oler, amasar, sentir el frío que ha traído Octubre. Y repetir la última frase que fui capaz de oir de la película. "It's so much easier to be happy". Lo es.