
El Domingo vi esta película, de la que no hay mucho que comentar, bastante flojilla. Pero me hizo pensar (hay quien recibe la iluminación durante un retiro espiritual, a mí me llega en el sofá con una película pirateada, digo, prestada por un amigo).
El argumento: Keanu Reeves es un alienígena que viene
a salvar la Tierra. Emocionada por sus ideales, lo ayuda a escapar de las garras del gobierno norteamericano (y el Pentágono, no hay película de marcianos en la que no aparezca un tanque y un General loco) una bióloga. Entre conversación y conversación (el extraterrestre no es muy hablador, pero ella no se rinde), se descubren los matices. El marciano guapo y sus esferas brillantes (sus amigos) vienen, sí, a salvar la Tierra. Pero a salvarla de los humanos.
Y ésto es lo que me dejó pensativa. Tiene lógica, universalmente hablando, lo que decía el muchacho: "No podemos consentir que desaparezca el planeta entero
sólo por una especie".
A veces se me olvida (y a mis congéneres también). Sólo somos una especie más de las que pueblan la Tierra, y el planeta
no es nuestro.
Aunque la conclusión es un poco bestia, me imaginé una bonita casa con un precioso jardín. Todo es armonía en ella, hasta que llega una plaga de termitas que, para sobrevivir, empiezan por comerse los cimientos, las paredes, los muebles, las plantas del jardín... La única medida lógica que se me ocurre es acabar con las termitas para no destruir la casa por completo.
¿Por dónde empiezo yo, una termita del montón, para CAMBIARLO TODO?