
Han sido, sin discusión posible, los cinco meses más felices de mi vida.
El tiempo que se despereza sin prisas y se llena de imágenes y sentimientos totalmente nuevos. La complicidad. El descubrimiento. El olor de su piel. Sus ruidos y carcajadas. Cuidarla y quererla como si no hubiera hecho otra cosa desde siempre.
Ahora la miro jugando en su parque, de espaldas. Concentrada, voluntariosa, siempre atareada, como si estuviera en misión secreta de Naciones Unidas todo el rato. Que meter cubos de colores unos dentro de otros tal vez cambie el curso de las cosas. No me atrevo a negarlo.
Sé que me adaptaré y seguiré siendo feliz. Me gusta mi trabajo, y tengo un buen horario. Pero, por si acaso la puerta del Paraíso no se ha cerrado del todo, seguiré comprando números de la ONCE.