El Pulgón es un apasionado seguidor del Athletic Club de Bilbao. ¿Por qué? No pregunten, no hay respuesta clara. Tampoco hay sangre vasca por ninguna parte en su árbol genealógico, ni podemos decir que el Athletic es el crac del momento. Sí hay recuerdos de infancia, puesto que ya desde chico le regalaron "El Equipaje" rojo y blanco, calzón negro, de los leones. Su padre, sus tíos, algunos primos, comparten desgarrada e incondicional afición.
El pobre Pulgón lleva dos temporadas sufriendo lo indecible, el objeto de sus amores no hace más que darle disgustos, que él justifica de mil maneras: tienen muchos lesionados, los árbitros son secuaces de Voldemort... Hace un par de domingos me asomé a la sala, donde estaba viendo un partido que retransmitían en directo, no recuerdo cuál, sólo recuerdo con claridad que perdieron. La cara de desconsuelo, el estado de ánimo abatido que se le quedó después, me hicieron caer en la cuenta de hasta qué punto era el Club importante para él. Así que decidí pasar a la acción.
Utilicé mis contactos en Bilbao (Maui, del
cafetito) y, a pesar de no saber si se conseguirían las entradas para un partido o no, reservé vuelos y hotel.
Quería regalarle un viaje a Graceland a ver a Elvis, pero en rojo y blanco.
Las gestiones fueron dando su fruto hasta el colofón final: el Okupa de Maui me consiguió entradas para el Athletic-Real Madrid. Cuando le conté todo al Pulgón por teléfono, desde mi trabajo, entró en estado de shock; lo llamé de nuevo dos horas más tarde y me dijo que llevaba todo ese tiempo con el teléfono apretado en la mano, mirando el cuadro de encima de la estufa, sin poder pensar. Tuve que prepararle yo misma la maleta y subirlo a empujones por la escalerilla del avión como si fuera equipaje de mano.
Llegamos al Aeropuerto de Bilbao el viernes por la noche. En la Recogida de Equipajes, le mandé un SMS a Maui: "Ya estamos en tu tierra. Mañana te llamo". Suena el móvil. "¿Cómo que mañana me llamas? Estoy fuera, con un cartel que pone LEGO. Llevo el pelo corto, color pollito""Pues yo llevo una maleta roja y un señor en estado catatónico del brazo". ¿Se puede ser más hospitalario? ¿Internet no es una maravilla, que consigue hacer esta clase de amigos?
Nos dejaron en el hotel (que está a diez metros escasos de San Mamés) y el Pulgón se bajó como una exhalación a tocar la pared del estadio. No se rían, es algo muy serio esto de los enamoramientos. ¿Ustedes no hicieron nunca nada parecido?
Esa noche nos dormimos eufóricos; él, por estar "ALLÍ" (es decir, "AQUÍ"), y yo porque la habitación nos recibió con una cama de dos por dos (literal) y dos bombones. Cada uno con sus quereres.

Al dia siguiente, visita guiada a la sala de trofeos y al campo. Ignorante de mí, pensé que seríamos los únicos asistentes de fuera de Bilbao, pero qué va; había una peña de La Palma, un matrimonio de Menorca y una familia ¡¡¡de Argentina!!! (no creo que hayan venido a España expresamente, pero quién sabe). Todos habíamos cruzado un charco, de mayor o menor tamaño, para estar allí.
Fotos en lugares emblemáticos (abrazado a Pichichi, y delante de un león disecado). Nunca pensé que vería a mi esposo extasiado en un vestuario masculino. Resignación.
Gasto de dolorosas cantidades de dinero en la Tienda Oficial (¿¿¿cómo aceptar imitaciones???) en camisetas, calzoncillos, bufandas, llaveros... Yo disfrutaba como una tonta oyéndolo decir: "Es que estoy AQUÍ, ¡¡¡ESTOY AQUÍ!!!".
Como el partido era al dia siguiente, teníamos tiempo de sobra para pasear por Bilbao. Ojo con los vascos cuando preguntas una dirección: todo está a "diez minutos andando", aunque tardes hora y media a buen paso. "¡Pero si Bilbao es un pañuelito!". No sé por qué no siguen el sistema internacional de medidas. Maldita sea. Para llegar al Guggenheim tuvimos que ir a una tienda y comprar unos
Crocs feísimos y calcetines de algodón. ¿No somos turistas? Pues eso.
El
Guggenheim.
Merecería entradas de blog para él solo. Aunque no tuviera nada dentro, el edificio en sí mismo es una obra de arte. Sé que esta frase se ha repetido cientos de miles de veces, hasta convertirse en palabras vacías. Pues llénenlas de asombro, de emoción por la belleza que se contempla, de piel de gallina. De ganas de sentarse sobre una manta y estar horas, días, meses, viendo cómo el edificio cambia y se mueve al ritmo de la Tierra, y al ritmo de Lego que lo mira desde abajo, desde dentro, desde arriba.

No soy experta en arte, sólo digo que me gusta una obra cuando produce en mí alguna reacción, sea ésta cual sea. Incomodidad, admiración, placer, miedo, alegría... Y hay de todo eso en el Museo. En esos días coincidimos con una exposición de
Anselm Kiefer (reconozco mi ignorancia, era la primera vez que veía su nombre), que me dió un puñetazo en medio del estómago. Cuadros y esculturas te sacudían y empequeñecían. Cuadros y esculturas no en cualquier lugar, sino en las salas del Guggenheim, que es parte del espectáculo.
Otro dolorosísimo desembolso económico en la tienda del museo (mi sangre escocesa, a estas alturas, GRITABA).
Ducha-express en el hotel y paseo al atardecer con Maui y Costillo.
Flotamos sobre las aguas del Nervión(no dejen de ver el vídeo). No podía boquear de asombro, y al mismo tiempo, sacar fotos. Soy así de limitadita.
Visita a
Santurce y cena espectacular en una sidrería.
Mi último pensamiento antes de dormirme fue "¿Por qué no habíamos venido antes?"